(Montevideo, 9 de marzo de 1913 – Punta del Este, 3 de julio de 1987).
Fue un acuarelista, pintor y escultor uruguayo.
A pesar de haber sido autodidacta recibió gran influencia de su tío Carlos Castells (1880-1933).
Su tema central es el caballo y el gaucho.
Castells Capurro comenzó a pintar a los cuatro años de edad, haciendo sus primeros esbozos, sus primeros trazos, bajo la orientación de su padre, no bajo su dirección porque no era pintor.
En el año 1923, cuando llegó a Montevideo la mundialmente célebre bailarina Ana Pavlova, en aquel entonces seguramente en la cumbre de su carrera, Castells Capurro tomó apuntes y se los publicaron.
Tenía entonces diez años de edad. Con esa publicación ganó sus primeros dineros como artista. A los catorce años –o sea en 1927- realizó su primera exposición en Amigos del Arte de Montevideo y, pocos meses después expuso obras en Amigos del Arte en Buenos Aires, en la capital argentina donde tuvo elogios de la crítica y una buena venta de sus dibujos.
El 1930 ya estaba trabajando para diarios y revistas y a partir de ahí se hizo conocido del público y su fama comenzó a trascender fronteras.
Cultivó el dibujo puro, el óleo y la acuarela. Los caballos constituyeron el tema dominante en su obra, pero en conjunto las escenas camperas, los trabajos y los juegos tradicionales del campo uruguayo, como la yerra, las pialadas, los rodeos, las boleadas y las carreras fueron su temática central. En este sentido fue, sin duda, un artista de excepción.
De lo poco que conocí de su obra he de decir que siempre me impresionaron fuertemente sus caballos porque reflejan una energía impresionante y un movimiento de avance que resultan conmovedores, sobre todo para quienes como yo sin estar habilitados para juzgar técnicamente un trabajo artístico conocen y aman a los caballos, en mi caso, desde muy niño, en la actividad rural.
Castells Capurro también se dedicó a la escultura, con preferencia dentro del tema de su predilección. El Jockey Club de Montevideo le encargó muchas veces la confección de sus trofeos. Algunos de sus caballos plasmados en bronce, que tuve oportunidad de admirar, tienen igualmente la fantástica vitalidad que se refleja en sus cuadros, aún más, quizá, los que aparecen lanzados hacia adelante avanzando en su carrera.
En 1946, el publicista norteamericano Edward L. Tinker emitió esta opinión sobre Enrique Castells Capurro: «Es un montevideano joven que pinta cuadros de caballos asombrosos por la impresión que dan de velocidad y acción».
Sus trabajos son conocidos en todo el mundo, y esto es un hecho muy remarcable, porque llevó allende los mares el más puro sabor criollo del Uruguay con sus cuadros costumbristas, que rescatan el sabor de las antiguas faenas camperas de nuestro país. Por ejemplo, en 1954, en la galería de arte del Barbizón-Plaza Hotel de Nueva York, se expusieron 43 obras suyas. Algunos de sus títulos muestran, con toda elocuencia, una verdadera lanza gaucha clavada en la gran urbe del norte, recogiendo un concepto expresado a propósito de esa exposición: «Boleada», «Juego del pato», «Luz mala», «Doma», «Juego de taba», «Yeguada», «Pial», Rumbo a la pulpería», son algunos de los títulos de los cuadros expuestos en esa oportunidad.
En 1957 volvió a los Estados Unidos, esta vez para pintar un cuadro que está expuesto en la Sala N° 7 del Edificio de las Naciones Unidas, precisamente por encargo de este organismo. Allí trasladó, con mano maestra, la imagen de nuestra vida rural de antaño.
El mismo solía decir, con legítimo orgullo, que sus gauchos recorrían el mundo «Echando un pial o boleando un bicho».
Algunos de sus murales importantes son, también, de conocimiento general; seguramente el de la Estación Central de los Ferrocarriles, es uno de los más logrados.
Mucho mejor que yo, desde luego, la presentación que hace el gran maestro Serafín J. García de Enrique Castells Capurro en la edición del Álbum «Gauchos, prendas y costumbres» que en 1955 editó la firma Mosca Hermanos, vale la pena releerse. Dice Serafín J. García: «Enrique Castells Capurro es un artista genuino, que ha consagrado por entero su viva inspiración y sus aptitudes de creador fecundo y cálido a expresar el campo nuestro, captando con fidelidad, belleza y gracia, todas aquellas escenas típicas que mejor lo representan.
La encendida vocación que aguijonea y orienta su sensible espíritu, proyectándolo hacia los motivos de auténtico sabor tradicional, le viene desde atrás, como un legado de raza, que rebulléndole sin descanso en la sangre ha llegado a convertirse en una especie de imperativo vital, profundo e ineludible.
Ya su tío Carlos Castells había sabido interpretar con admirable justeza, algunas décadas antes, infinidad de aspectos de la vida y las costumbres criollas, en una serie de apuntes de original factura y gran vigor expresivo. Y él ahora, por su parte, aunque con recursos técnicos y estilos diferentes de los de aquel antecesor que la muertes arrebatara a destiempo –cuando recién su talento alcanzaba la plena madurez- ha ido a nutrir su inspiración en las mismas raíces de lo autóctono para continuar –y enriquecer con nuevos y jugosos aportes- aquella noble labor de creación artística, tan hondamente entrañada en nuestra tierra y su historia.
Muchas facetas interesantes ofrecen a los ojos del contemplador atento estos cuadros costumbristas de Enrique Castells Capurro. En primer término corresponde destacar la sobriedad de líneas, la eficaz economía de cursos con que es capaz de componer sus escenas, sin que ese cabal sentido de la síntesis le reste elocuencia y fuerza. El lápiz certero y ágil del dibujante fija con precisión los rasgos esenciales y desdeña los superfluos, sin caer jamás en la tentación de recargas el cuadro con detalles meramente pintorescos, de añadirle accesorios, que a la postre acabarían por romper el equilibrio y la armonía del conjunto.
Otra de sus mayores virtudes es la fuerza dinámica, la energía briosa de que sabe imbuir a sus apuntes. Cuando dibuja caballos, sobre todo, resulta claramente perceptible –aun para la mirada menos avizora- esa sensación de movimiento, de vivacidad, de activo e incontenible impulso que se desprende de cada figura. Pero nada es estático, por lo demás, en las escenas que este artista nos brinda. Porque aunque los hombres y los animales aparezcan en actitud inmóvil, ha de haber siempre un camino alargándose hacia el lejano horizonte, o un arroyo fluyendo entre guijarros, para oponerse a esa quietud o para neutralizarla con su presencia dinámica, con su constante sentido de la marcha, que es para el gaucho el sentido de la vida.»
Termina Serafín J. García esa exposición sobre Castells Capurro diciendo: «A medida que transcurre el tiempo, estas escenas nativas de Castells Capurro irán adquiriendo sin duda una mayor importancia, ya que ellas rescatarán del olvido, conservándola intacta a fin de que puedan apreciarla las generaciones futuras, la auténtica fisonomía de una época y de una forma de vida que pronto no será ya más que un recuerdo, dada la rapidez con que el progreso material transforma nuestra campaña y las costumbres de sus moradores.
Y entonces seguramente el nombre de este artista, como el de Blanes, como el de Figari, como el de Carlos Castells y como el de algunos otros que, con lenguaje plástico distinto pero idénticos propósitos, supieron interpretar y expresar nuestro hombre, nuestro paisaje y nuestras tradiciones, será recordado con gratitud y admiración por todos aquellos que amen de verdad a su tierra, y sean capaces de comprender que la veneración y el respeto por su pasado no impiden a los pueblos marchar hacia adelante, sino que, por el contrario, le sirven de incentivo para emprender la conquista de su porvenir».
Lo expresado amerita que desde el Senado de la República recordemos a este insigne artista compatriota y solicitemos que las autoridades competentes proyecten su obra –recogiendo lo que acabo de leer de Serafín J. García- al mejor conocimiento de las generaciones del presente y del futuro, por cuanto ella traduce y refleja tradiciones hermosas, de la más pura cepa oriental.
Castells Capurro pasó los últimos 40 años de su vida viviendo y trabajando en Punta del Este, cerca de la playa «El Grillo», en su chalet Ormonde. Entiendo que sería adecuado y justo que las autoridades departamentales de Maldonado lo recordaran dándole su nombre a una calle de la zona.





